martes, 14 de junio de 2016



Ayer, hace un siglo exacto, Fernando Pessoa debió celebrar o maldecir su vigésimo octavo cumpleaños. El Pessoa que más me interesa, y el primero que descubrí, es el del Libro del desasosiego, atribuido por el autor a su heterónimo Bernardo Soares, según su creador un «semiheterónimo porque no siendo su personalidad la mía, es no diferente de la mía, sino una mutilación de ella. Soy yo, menos el raciocinio y la afectividad». Soares, un oficinista aburrido entre los papeles, ve la vida pasar desde su puesto y reflexiona sobre ella. Por razones profesionales, enseguida lo percibí como alguien próximo.
Tardé un par de décadas en conocer Lisboa y me enamoró desde el primer paseo. Hay ciudades en las que siempre te sientes forastero, otras que te acogen como un amigo o pariente recibido con alegría y otras en las que te reconoces como el hijo pródigo que regresa y, en lugar de ir descubriendo sus rincones, recreas los lugares en los que fuiste tú antes de la partida. En Lisboa me sentí esto último. Por supuesto, tomé un café en A Brasileira y me fotografié con su estatua, incluso la mencioné en un poema que sólo podía titularse Fado. También visité su tumba, una discreta urna semi escondida en el claustro del Monasterio de Los Jerónimos, donde trasladaron sus restos al conmemorarse el cincuentenario de su muerte. Contrasta con la magnificencia de la de Alexandre Herculano, historiador y primer alcalde de Belem, en la sala capitular. Una magnífica metáfora sobre el diferente reconocimiento oficial concedido a un político local frente a un literato universal. También me alargué hasta su casa, convertida en una especie de museo/casa de cultura. Me sorprendió que, en el recibidor, a modo de embaldosado, lo primero que el visitante halla es la carta astral de su antiguo inquilino, muy aficionado a la astrología. Se cuenta que la poeta brasileña Cecilia Meireles, gran admiradora suya, durante una visita a Portugal para dar conferencias en las Universidades de Coimbra y Lisboa, removió Roma con Santiago hasta conseguir una cita con Pessoa. Quedaron a las 12 del mediodía. A las 2, harta de esperar, se marchó. Cuando llegó a su hotel encontró un ejemplar dedicado de Mensagem, junto a una nota, donde su autor justificaba el plantón aduciendo que había consultado el horóscopo y éste le aseguraba que “no se encontrarían”. Lo que, efectivamente sucedió.
Al salir de la casa de Pessoa cogí un tranvía antiguo, de esos que circulan por Lisboa, a los que perdonas la incomodidad por la belleza de sentirte integrado en ese paisaje con el punto justo de decadencia, como una vez lo definió una amiga. El tranvía llegaba hasta la Baixa y, de repente, sentí el relámpago en la mente. Estaba realizando el mismo trayecto que Soares/Pessoa recorría hacia su trabajo, en la Rúa dos Douradores. De acuerdo, Bernardo Soares es un heterónimo, un personaje ficticio. Y no tenía la certeza de que Pessoa, realmente, trabajase en una oficina de esa calle. Pero si la literatura siempre tiene un punto de evocación y de magia, te hace vivir otras vidas y la tuya misma de otras maneras, ¿por qué no imaginar que ocupaba el sitio exacto del escritor, ochenta años atrás, en este mismo tranvía desvencijado? ¿Que mi cuerpo ocupaba el espacio del fantasma de Pessoa, éramos dos en uno, y sus ojos veían a través de los míos los mismos edificios, mientras su mente iba cavilando las ideas que luego Soares transcribiría, sobre su escritorio, en frases como las que siguen? :
Le he pedido tan poco a la vida, y ese mismo poco la vida me lo ha negado. Un haz de parte del sol, un campo […], un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el conocer que existo, y no exigir nada de los demás ni exigir ellos nada de mí. Esto mismo me ha sido negado, como quien niega la sombra no por falta de buenos sentimientos, sino para no tener que desabrocharse la chaqueta […]
Escribo, triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre he estado, solo como siempre estaré. Y pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la substancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sumisas como la mía, en el destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin resquicios. En estos momentos, mi corazón late más alto debido a mi conciencia de él. Vivo más porque vivo mayor. Siento en mi persona una fuerza religiosa, una especie de oración, una semejanza de clamor. Pero la reacción contra mí me baja de la inteligencia… Me veo en el cuarto piso alto de la Calle de los Doradores, me siento con sueño; miro, sobre el papel medio escrito, la vida vana sin belleza y el cigarro barato […] sobre el secante viejo. ¡Aquí yo, en este cuarto piso, interpelando a la vida! haciendo prosa […]”

A la altura del Chiado me desgajé del fantasma de Pessoa; me despedí, deseándole buena jornada, y bajé del tranvía.