lunes, 12 de septiembre de 2016

Un grifo pervive en la pared de lo que, hace años, fue terraza. Ya no existen el lavadero donde vertía el agua, ni el suelo sobre el que se apoyaba el lavadero. La cañería que lo abastecía está seca. Si fuera más grande lo llamarían arqueología industrial, pero los grandes nombres nunca se crearon para las cosas pequeñas. A su lado, cercada por toneladas de cemento, una higuera crece solitaria. Aislada en un ambiente hostil, no ceja en su empeño de desarrollarse. La una quiere vivir y la vida del otro ya no tiene sentido aunque, mosca cojonera, nos recuerda que hubo una época en que la ordenación de ese espacio fue distinta, y distintas las personas que lo habitaron. Ambos están condenados, la una, a ser arrancada cualquier día; el otro, al escarnio de que la intemperie lo oxide hasta volverlo irreconocible. Y sin embargo allí siguen, una extraña pareja generada por el azar que me ha despertado simpatía. La simpatía por quienes malviven en un mundo plano y rugoso y, a pesar de ello, sacan la cabeza para generar belleza, cada uno a su modo, y romper la grisura monocroma.



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