martes, 12 de septiembre de 2017

EL FURA.

Hace treinta años compré mi primer coche. Era un 127 Fura de segunda mano y color azul romántico, aunque todos lo veíamos gris. No sé qué sinestesia sufría su diseñador para tildar de romántico a ese tono funcionarial, de vieja carpeta de gomas. Tres décadas han pasado desde que, una mañana, salí del concesionario con la emoción de la primera vez. Da igual el primer beso, el primer libro o el primer coche: la emoción siempre es intensa en cada inicio cuando, parafraseando al poeta, envejecer y morir sólo son las dimensiones del teatro. Quizás por ello, en el primer semáforo, absorto en memorizar el cuadro de mandos, arranqué antes que mi predecesor y le golpeé.
El Fura y el narrador tras cruzar los Pirineos.

Corría 1987 y aún me siento el chaval escuálido que posa, en esa foto, recostado sobre su capó. El tipo feliz por poseer aquello que me llevaría de aquí para allá, sin depender de autobuses o amigos. Por sus altavoces retumbaron Golpes Bajos o Triana y su motor de 900 cc cruzó los Pirineos. En un semáforo, a la entrada de Toulouse, nos tragamos de nuevo al de delante. Un parisino prudente (perdón por el oxímoron) que frenó en cuanto se puso ámbar. Los dos que circulaban por el carril paralelo pasaron sin problemas, pero nosotros, absortos en descifrar la ruta hacia Carcasona en el galimatías de los paneles, nos dimos de bruces con él. Todos salimos ilesos, salvo el Fura. Su carrocería se hundió hasta dañar el radiador. Daba pena verlo en la acera, como una mascota que lame sus heridas en silencio. Era un sábado por la tarde y no existían los móviles ni Internet. Sí, todavía, la solidaridad. El accidente sucedió junto a un chalet y por su puerta surgieron Thérèse y su hija Isabelle, nuestros ángeles de la guarda aquel fin de semana. Su jardín se transformó en garaje, nos ofrecieron teléfono y ayuda para las gestiones, nos buscaron hotel y, la tarde del domingo, Isabelle ofició de guía turística por la ciudad, con cierto (y razonable) enfado de su novio. Aún recuerdo el grito de alegría de Thérèse al descolgar el teléfono, unos meses después, y anunciarle que habíamos regresado a Toulouse con un pequeño regalo para ellas.
Con Thérèse e Isabelle en su casa de Toulouse.

Treinta años de aquello. Una vez me preguntaron qué me había sucedido a los treinta años, por qué tan a menudo aparecía esa cifra en relatos o conversaciones. Nada de particular, contesté. Casualidad o que su fonética me agradaba. Pero luego, dándole vueltas, intuí una posible explicación. En el horóscopo chino, un ciclo completo dura sesenta años. Los doce signos multiplicados por los cinco elementos. Son la totalidad y el equivalente a la vida de una persona. Treinta años supone la mitad de esa vida y el momento en que, a través de un hijo, se cruza la cima. Hasta entonces, joven e indocumentado, se vive el ascenso. A partir de entonces, serio e instalado en el mundo, la cuesta abajo. Así lo vivían antes, al menos, cuando la vida no se había acelerado y las edades no se estiraban como chicles. Pienso en el concepto treinta años y mi subconsciente se remonta a ese cénit.
El Fura descruzó los Pirineos de madrugada, conmigo dentro, en el remolque de una camioneta-grúa. Dormitaba en un asiento y no me enteré cuando atravesamos el Somport. Se recuperó de la herida y seguimos trotando, las más de las veces por carreteras secundarias. Una noche me llevó a escuchar a Leonard Cohen en el patio de una fábrica y un mediodía, durante un control de policía, casi nos convierten a ambos en quesos gruyere. En esa época, un etarra idéntico a mí empapelaba la ciudad con su rostro y me paraban en todos los controles. Al abrir el maletero, apareció un duplicado de la matrícula.
Leonard Cohen en el concierto de Binéfar.

Tras ocho años juntos no dio más de sí y una tarde lo vi marchar, herido de muerte, en el remolque de otra camioneta-grúa. El primer coche, como el primer libro o el primer amor, nunca se olvidan. Aunque con el tiempo, parafraseando al poeta, la verdad desagradable asome y descubras que el camino hacia el desguace es el único argumento de la obra. Corría 1995. Tenía un hijo. Y treinta años.     
video


El relato tal como apareció en el Heraldo de Aragón.



martes, 28 de marzo de 2017

75 años sin Miguel Hernández

Hoy hace 75 años murió Miguel Hernández en la prisión de Alicante. Tenía 31 años y 5 meses. Por si a los muy jóvenes nadie se lo ha explicado, fue un poeta que vivió como un ciclón y a quien dejaron morirse como un perro. En 31 años le dio tiempo de ser cabrero, como su padre, formarse en el ambiente clerical y conservador de Orihuela, pasar de escribir tontadas pueblerinas a pergeñar un libro gongorino al que tituló "Perito en lunas", marchar a Madrid con la esperanza de ser poeta, recibir el desdén, por rústico, de algunos señoritos del 27, recibir la amistad y el apoyo de otros como Neruda y Aleixandre, escribir un libro de sonetos magnífico titulado "El rayo que no cesa", sufrir el estallido de la guerra cuando ese libro "Se vendía a borbotones en la feria del libro", hacerse comunista, alistarse y marchar al frente, escribir un vendaval titulado "Vientos del pueblo", volver a la retaguardia de Madrid, ver el festín que montaban sus camaradas artistas, indignarse por el derroche y soltarle a Alberti, en voz alta: "Aquí hay mucho hijo de puta", tener un hijo, regresar al frente, destilar tristeza y amargura, pero también fe en la humanidad, en "El hombre acecha", contemplar cómo se le moría el hijo y le nacía otro, retornar a su pueblo, al final de la guerra, y que algunos de sus "oriolanos del alma", al verlo por la calle, lo denunciasen por rojo, ser encarcelado, sufrir las penurias del presidio, enfermar, componer el "Cancionero y romancero de ausencias", rechazar el ofrecimiento del clérigo Almarcha, su antiguo protector y hombre fuerte en la nueva situación, de que iba a vivir como un rey si proclamaba su adhesión al régimen, agravarse su estado, sin que nadie moviese un dedo por él, y fallecer tal día como hoy de 1942, con los ojos tan abiertos que nadie pudo cerrárselos. 
A Miguel Hernández le tengo un cariño especial, que trasciende lo literario. Desde la adolescencia poseo ese volumen de sus poesías completas, cuya fotografía va abajo. Lo guardo en una estantería protegida por cristal, junto a un ejemplar de mis libros y de algunos pocos más elegidos. Muchas hojas ya están amarillentas, con ese amarillo que tiñe los papeles, metáfora del paso del tiempo, mencionado por él en varias ocasiones. Como le sucede al poema que también subo, el de las tres heridas.


miércoles, 15 de marzo de 2017

De cuando me entrevistaron en un teatro de la Expo.

En este teatro me hicieron la entrevista más surrealista de mi vida (que tampoco han sido tantas, por otra parte). Fue en plena Expo (para los foráneos, la Exposición universal de Zaragoza, en 2008). Aquel día me tocaba participar, a media tarde y en un local en la otra punta del recinto, en una curiosa actividad que mezclaba la poesía y la geografía local. Cada día, un poeta era invitado a glosar la historia y características de un pueblo o barrio para, a continuación, dar un recital con sus poemas. A mí me tocó San Juan de Mozarrifar, barrio cercano a Zaragoza del que sólo conocía el dudoso honor de haber albergado un campo de concentración, tras la guerra civil. Detalle que mencioné sin ahondar demasiado porque, con todos mis respetos para San Juan - de cuyo recorrido secular aprendí lo suficiente para dar la charla y hasta escribir un relato de viajes, aplicando el minimalismo a la distancia kilométrica y el maximalismo a la retórica - lo que me importaba era mis poemas y no deseaba que algún mozarrifense, sentado frente a mí, se sintiera molesto y montara un follón. Por menos he visto arruinar algún acto.


Tras el recital, Luis Felipe Alegre, que oficiaba de maestro de ceremonia, me dijo que un par de horas más tarde acudiera al teatro, que nos iban a entrevistar en directo para Aragón Radio. No me entrevistaban a mí como Miguel Carcasona, aclaro, sino al poeta del día. Me tocó – o eso creo - porque aquella tarde habían decidido incluir, dentro de un magazine dedicado a las actividades que se realizaban en la exposición, lo de los pueblos y la poesía. Así que aproveché para recorrer algunos pabellones – ya adelanto que a mí, esto de la Expo no me entusiasmaba gran cosa, pero como diría Galgo Cabanas “si estás en el baile, bailas” – y cuando declinaba el sol, como escribiría algún colega cursi, acudí a este lugar al aire libre, a ver qué me contaban. Mi primera sorpresa fue encontrarme con el graderío casi lleno de un público en su mayoría femenino y adolescente. Coño, pensé, qué tirón tiene la poesía entre las jóvenes. Me vine arriba. Ya se sabe que quienes vamos de artistas por la vida necesitamos poco para hinchar nuestro ego, de por sí rollizo. La segunda sorpresa fue que el presentador era una antigua estrella de radiofórmula, a quien muchas noches había escuchado en el transistor. La tercera que, al saludarnos a Luis y a mí, manifestó su emoción por conocer a un poeta en persona, algo así como que era la primera vez que estaba ante un poeta de verdad, quiero decir. Todavía dudo a quien de los dos se refería, o si para él formábamos un pack indiscernible, como Hernández y Fernández, los de Tintín. De lo que no dudo es que el hombre no tenía ni repajolera idea de quienes éramos ni de nuestra trayectoria artística. Lo que, en mi caso, se puede calificar de normal, pero en el de Luis Felipe, tras décadas de difundir la poesía a través de El Silbo Vulnerado, de triste. Sobra decir que, con ese desconocimiento de nuestras obras, a pesar de su buena intención respecto a nuestras personas, y más allá de algunas preguntas de cajón, solventó la entrevista como pudo y nosotros respondimos. A secas, porque ni recuerdo lo que respondimos. Sí que recuerdo la presión del graderío femenino y adolescente, a quien estorbaba ese par de viejos que no paraban de parlotear y, mediante un murmullo creciente, como el que suelen soportar los porteros locales en La Romareda, mostraba su deseo de que nos mandara a escaparrar y, por fin, entrara en escena el ídolo de masas, al que aguardaban hacía rato turrándose al sol del verano para coger un buen sitio. Un cantante que podría ser nuestro hijo, estilo triunfito. O algo así.. De verdad que he olvidado su nombre.         

    

lunes, 9 de enero de 2017

PATERSON:
He seguido dándole vueltas a Paterson, planteándome un par de preguntas: ¿Qué chirriaba en ella? ¿Por qué se me hizo larga una película cuya propuesta temática y narrativa me parecían muy interesantes? He hallado unas respuestas en la falta de verosimilitud y en el trasfondo ideológico que destila.
Wiliam Carlos Wiliams y el conductor de autobús coinciden en su modus operandi: recoger anécdotas y el habla popular para transformarla en poesía. El primer problema surge con el enfoque al material humano y social, con la ausencia de verosimilitud en buena parte de los personajes y las situaciones. Si se utiliza la primera persona para que las vivencias y pensamientos resulten más creíbles, o bien se ha vivido en carne propia una experiencia similar, o uno se ha esforzado mucho en la documentación. Jarmusch pretende retratar a sus personajes “desde dentro”, pero falla por ignorancia de su realidad diaria, sobre todo la del protagonista, o por una idealización pueril de ella. Narra un cuento de hadas donde no existen los conflictos. Ni personales, ni en las relaciones (salvo dos caricaturas), ni colectivos. No me creo, por ejemplo, que a lo largo de una semana laboral un conductor de autobús, en la ciudad norteamericana con más densidad de habitantes tras Nueva York, no viva alguna situación tensa con un pasajero. El tipo tiene anulada la personalidad, pero si a la escena de la avería - el único contratiempo - donde se preocupa de sus viajeros, sobre todo de los infantiles, como un pastor de sus ovejas - aunque, por culpa de su aversión a la modernidad debe asumir la humillación de llamar con el móvil de una niña - si a esa escena, digo, le sumamos el arrojo para arrebatarle la pistola al enamorado desesperado – no sabemos aún que es de juguete – se nos presenta el prototipo del héroe, una actualización, en versión currante, del poeta-caballero renacentista que, además, es un marido enamorado con remordimientos por tener pensamientos de infidelidad. El edificante relato de la vida de un santo laico con más paciencia que Job. Todo demasiado puro y bonito para ser verdad. O demasiado cruel con el pobre conductor-aspirante a poeta si es una caricatura (sobre esto hablaré luego).
Esa ausencia de conflictos impide a sus personajes crecer y cercena el desarrollo argumental. Sin embargo, si se hubiera quedado en un poema visual algo ñoño y con personajes planos, hubiera aceptado el juego del creador que, a propósito, parece diseñar un cuadro naif. Otros elementos la salvan de sobras. El segundo problema surge cuando incluye el humor. Corrijo, incluye la caricatura y la burla. El humor nos salva de la mediocridad, pero puede volverse como un boomerang y sumergirnos en ella. Todos los personajes son caricaturas más o menos crueles, salvo Paterson, que sólo lo es en parte. Con una peculiaridad: todos son de extracción humilde – en Paterson, ciudad, no deben existir poderosos o acomodados - y el sentido del humor consiste en burlarse no sólo de sus vicisitudes, sino también de su personalidad. Igual que en los cuentos baturros, si bien en estos el bruto del cachirulo, a veces, era astuto. Son seres simples, cuya edad mental parece no haber superado la adolescencia, conformes con su destino de rueda en el engranaje social y simples marionetas también en el juego estético. En resumen, aunque sea de una manera inconsciente, el director revela una mentalidad paternalista y conservadora. Admitamos que Jarmusch, más allá de utilizarlas, ama a sus criaturas, si se acepta compasión como sinónimo de amor, y que se burla de ellas como nos burlamos de un hijo, con cariño. Pero siempre lo hace desde una posición de superioridad intelectual. Y nunca escupe hacia (los de) arriba. Si Cernuda definió a Salinas y a Jorge Guillén como poetas burgueses, porque en su obra expresaban un concepto burgués de la vida, donde la imagen del poeta no trasciende al hombre, sino a la forma histórica y transitoria del hombre que es el burgués, Jarmusch, en esta película, sería un cineasta burgués. Su visión de las “capas populares” es la de un elitista acomodado, y el comportamiento de esas capas lo que un burgués espera y desea para mantener su status. La película destila un fino clasismo, un desprecio sutil hacia los de abajo, a los proles del universo orwelliano de “1984”. Por analogía, me vienen a la cabeza fenómenos como el de la gentrificación, o esa especie de despotismo ilustrado en versión 2.0 que, a veces, se cuela en algunos comentarios o actitudes de gente que presume de un ideario progresista. Habrá gente a quien todo esto le dará igual, y hasta se identificará con esa visión de Jarmusch, sea premeditada o inconsciente. A mí me produce incomodidad y malestar, como una etiqueta en una camisa que nos gusta vestir.
A pesar de ello, funciona como fresco social, igual que “Surcos”, de J.A. Nieves, siendo un trasunto del ideario falangista, funcionaba como retrato de posguerra. “Desde fuera”, retrata bien la monotonía e incluso frustraciones de los personajes. Si le hubiera añadido los conflictos inherentes a sus vidas, más las gotas de humor en un abanico ampliado de las escalas sociales podría haber resultado un Berlanga actualizado, o un Ken Loach lírico. Aunque seguro que ninguno de los dos se hallaba en su horizonte a la hora de plantear el film. Y, por supuesto, la verdadera poesía no se halla en los poemas que garabatea Paterson, sino en las imágenes – por algo es cine muy bien trabajado -, en guiños como los de los gemelos, en otras referencias culturales y en el debate sobre la creatividad y el origen de la belleza que propone. En resumen, con un poco menos de autismo y más sensibilidad hacia el material humano podría haber quedado una obra maestra. Así, una película que, pasado el tiempo y el deslumbramiento que ahora produce en quienes compartimos el, digamos, espíritu creativo de Paterson, envejecerá mal. Propongo volver a verla dentro de 10 o 20 años. Y ser sinceros, entonces, con la impresión que nos produzca.

viernes, 23 de diciembre de 2016

El tipo que escuchaba a John Lennon (Un cuento de pre-Navidad)

Cuando se acerca la Navidad siempre me acuerdo de John Lennon. No me refiero a las fiestas y su carrusel de nostalgias, con los anuncios de las burbujas Freixenet o el vuelve a casa, vuelve, sino a los días previos, los que, en 1980, transcurrieron entre la noche en que un loco le descerrajó varios tiros por la espalda al ex - beatle y las vacaciones con las que finalizó el primer trimestre en el instituto donde estudiaba segundo de BUP.
Indisoluble a este recuerdo de Lennon es el de Pedro, mi amigo y compañero de estudios, de largos paseos al mediodía hasta los pisos donde comíamos y de las incomodidades que supone estudiar en una localidad distinta a la tuya. Aquel curso, algunas tardes, la lotería de los horarios nos dejaba un hueco entre la última clase y la salida del autobús hacia nuestros respectivos pueblos. Como las tardes de diciembre, en Huesca, no invitan a permanecer en la intemperie buscábamos refugio en el Churruca, un local con billares, futbolines, alguna máquina recreativa y una gramola. Al hombre que encontrábamos en la puerta, vigilando, lo llamábamos también Churruca. No sé si era su verdadero apellido o lo asimilaron al del garito y con él se quedó. Tampoco si se trataba del dueño o de un empleado. Churruca era un hombre pequeño y delgado, con cierto parecido al actor Eduardo Gómez Manzano. Al igual que éste, con tres décadas de diferencia, poseía un rostro trabajado por la vida, o sea, el rostro de quien parece habérsela bebido en la barra de un bar. A diferencia del actor, andaba siempre con el ceño fruncido. 

Pedro y yo matábamos la espera echando partidos en el futbolín. A esa hora solía haber poca gente y no existían problemas de saturación. Al ser uno contra uno, nos movíamos con rapidez de punta a punta, abarcando como podíamos los cuatro mandos. Era una buena forma de entrar en calor. Los antros como el de Churruca arrastran mala fama por las películas de adolescentes norteamericanos con problemas; sin embargo, no recuerdo que en él sucediera nada raro. Nadie quiso vendernos ningún tipo de droga, ni se nos acercaron señores con gabardina ofreciendo dinero – para los caramelos ya estábamos demasiado talluditos. Desconozco si nos delataban nuestras pintas de chavales con pocos recursos, nuestros rostros de quinceañeros modosos o que Huesca tenía sus limitaciones hasta para la maldad. Unos años después, hacíamos bromas con un trío de punkies - esto va por lo de las limitaciones, no por lo de la maldad - que, con cara de pocos amigos, se paseaban por la zona de marcha. Afirmábamos que eran contratados por el Ayuntamiento para darle un aire de contemporaneidad a la pequeña capital de provincia. Con el tiempo incluí al Churruca en un relato titulado “Un puente sobre la espiral”, convirtiéndolo en lugar de captación por parte de unos cabezas rapadas neonazis. Darle un toque siniestro a lo que fue una realidad anodina es una forma de embellecer su recuerdo. Porque, repito, nada de eso vi entre aquellos futbolines y billares y, si lo hubo y mi miopía fue la causante de su idealización, el relato podrá considerarse la prueba – aunque sea de carambola - de que la verdadera historia se conoce a través de la literatura.

A quien sí vi fue al tipo que, a diario, echaba una moneda en la gramola para que sonase  Just like starting over, de Lennon. Su imagen en mi memoria es borrosa, como esos tickets impresos en papel térmico cuyos datos, con el tiempo, se van difuminando. Lo veíamos como a un mayor, es decir, aplicando el barómetro adolescente para las edades, con seguridad pasaba de los dieciocho y con probabilidad no alcanzase los treinta. En cualquier caso, juraría ahora, alguien para quien los Beatles sólo podía significar un recuerdo infantil o adolescente de quien escucha los discos del hermano mayor. 
En el catolicismo existe – o existía - la costumbre de La novena, una serie de nueve misas dedicadas al fallecido unas semanas después del óbito, cuyo significado aúna homenaje, recuerdo y no sé si una especie de ayuda para que alcance el reino de los cielos. Como si de una novena beatlemaníaca se tratase – por algo los cuatro de Liverpool eran más famosos que Jesucristo, según el finado John, y la disputa con los Rolling semejó, en su momento, un trasunto de las antiguas guerras de religiones - este individuo aparecía a media tarde en el Churruca y, sin mediar saludo, se encaminaba directamente a la gramola. No recuerdo si vino nueve días exactos, pero sí que siempre, al poco de caer la moneda y pulsar el botón correspondiente, sonaban las campanillas introductorias de la canción, aparecida como single dos meses atrás para celebrar el cuadragésimo cumpleaños de su creador y convertida en un homenaje póstumo en discotecas y emisoras. El tipo permanecía inmóvil hasta que la melodía terminaba, quizás rezando con Lennon los versos del tema (It'll be just like starting over - starting over, Será como empezar de nuevo, empezar de nuevo) igual que los fieles acompañan al párroco en sus letanías, mientras nosotros, unos metros más allá, movíamos los mandos del futbolín al ritmo de la música y escuchábamos, sin comprenderlas todavía, las exhortaciones de John: Let's take our chance and fly away somewhere alone. Vamos a arriesgarnos y a volar a algún lugar solos.  

viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen

Al regresar a su país, un jugador americano del Peñas (el equipo de baloncesto de Huesca) declaró que había jugado en una ciudad situada en el fin del mundo. Yo vi cantar a Leonard Cohen 80 kilómetros más allá del fin del mundo, en el patio de una antigua fábrica de Binéfar. Probablemente fue uno de los enclaves más surrealistas en los que el canadiense dio un recital. Era el 11 de junio de 1988, durante la gira europea de I’m your man, el disco destinado a ser su canto de cisne – un cantautor más arrastrado por el ruido o la banalidad – y que lo convirtió en Ave Fénix. Venía de París, Londres, Dublín y Lisboa, y prosiguió en Bilbao. Y en medio, la algodonera de Binéfar. Toma ya. Para ser sinceros, ese resurgimiento vino precedido, al menos en España, del éxito alcanzado, un par de años antes, por la adaptación del poema Pequeño vals vienés, de Lorca, incluido en un disco coral conmemorativo del medio siglo de su asesinato. El disco se titulaba Poetas en Nueva York y la canción, Take this waltz, abría la cara B nuevo disco – hablamos todavía de vinilos y cassetes. Con la perspectiva del tiempo, quizás deberíamos recordar que, en plena ola de movidas, new romantics y coletazos del punk, en España también sucedió el resurgir de gentes como Aute, Serrat o Sabina. Y en el mundo, por poner un ejemplo, la irrupción de Tracy Chapman. Había público para todo y mucho de ese público no era tan sectario como se afirmaba. Algunos bebíamos con Mi agüita amarilla y besábamos con Suzanne.  

Lo cierto es que al concierto asistió menos gente de lo que Cohen merecía. En el artículo de Somos Litera dan algunas explicaciones referidas a la política local. No sé si lo justifican. Por mi parte, recuerdo que fui solo – pocos de mis amigos hubieran pagado por ver al canadiense, pero ninguno si, además, debía tragarse hora y pico de coche por carreteras nacionales- y que hallé a un único conocido, Javier Inglada, un paisano de Sangarrén con quien años atrás también había coincidido en un concierto de Pablo Milanés, en Huesca (que también merecerá una entrada, otro día). Seguro que, ahora, saludaría a más gente. Carlos Castán también asistió, incluso es posible que fuera en el grupo de Javier, pero no nos conocíamos todavía. Bien mirado, ese concierto y ese entorno eran el espejo de cómo me sentía entonces. Unos meses antes había finalizado una relación de casi dos años y faltaba un tiempo para que iniciase otra. Andaba medio descolgado de un mundo pero sin asideros firmes, todavía, en otro. Un poco como Cohen, intentaba reconstruirme en un universo sin redes sociales ni móviles, y el azar me llevaba a 80 kilómetros más allá del fin del mundo. Un poco como Cohen, arrinconaba los malos momentos y la extrañeza del entorno para ofrecer una imagen digna, como si estuviéramos en una reunión de amigos o un concierto en el Carnegie Hall. Guardo imágenes sueltas, fogonazos que coinciden con las fotografías del reportaje que he descubierto hoy, al hilo de la noticia del óbito. La presencia de Cohen, combinando cercanía y solemnidad, las de las dos hermosas muchachas que le hacían los coros y, por encima de todo, el gozo de escucharlo en una noche de primavera, al aire libre – o eso quedó fijado en mi memoria, tal vez errada – y la certeza de haber asistido a uno de esos momentos irrepetibles.
Hasta siempre, amigo. Gracias por tanta belleza y por el lujo de que hayas acompañado y enriquecido mi vida, con la certeza de que lo seguirás haciendo hasta el final. Hago mías las palabras de despedida que le dedicaste hace unos meses a Marianne: “Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero desearte un buen viaje.”


  

lunes, 12 de septiembre de 2016

Un grifo pervive en la pared de lo que, hace años, fue terraza. Ya no existen el lavadero donde vertía el agua, ni el suelo sobre el que se apoyaba el lavadero. La cañería que lo abastecía está seca. Si fuera más grande lo llamarían arqueología industrial, pero los grandes nombres nunca se crearon para las cosas pequeñas. A su lado, cercada por toneladas de cemento, una higuera crece solitaria. Aislada en un ambiente hostil, no ceja en su empeño de desarrollarse. La una quiere vivir y la vida del otro ya no tiene sentido aunque, mosca cojonera, nos recuerda que hubo una época en que la ordenación de ese espacio fue distinta, y distintas las personas que lo habitaron. Ambos están condenados, la una, a ser arrancada cualquier día; el otro, al escarnio de que la intemperie lo oxide hasta volverlo irreconocible. Y sin embargo allí siguen, una extraña pareja generada por el azar que me ha despertado simpatía. La simpatía por quienes malviven en un mundo plano y rugoso y, a pesar de ello, sacan la cabeza para generar belleza, cada uno a su modo, y romper la grisura monocroma.