lunes, 9 de enero de 2017

PATERSON:
He seguido dándole vueltas a Paterson, planteándome un par de preguntas: ¿Qué chirriaba en ella? ¿Por qué se me hizo larga una película cuya propuesta temática y narrativa me parecían muy interesantes? He hallado unas respuestas en la falta de verosimilitud y en el trasfondo ideológico que destila.
Wiliam Carlos Wiliams y el conductor de autobús coinciden en su modus operandi: recoger anécdotas y el habla popular para transformarla en poesía. El primer problema surge con el enfoque al material humano y social, con la ausencia de verosimilitud en buena parte de los personajes y las situaciones. Si se utiliza la primera persona para que las vivencias y pensamientos resulten más creíbles, o bien se ha vivido en carne propia una experiencia similar, o uno se ha esforzado mucho en la documentación. Jarmusch pretende retratar a sus personajes “desde dentro”, pero falla por ignorancia de su realidad diaria, sobre todo la del protagonista, o por una idealización pueril de ella. Narra un cuento de hadas donde no existen los conflictos. Ni personales, ni en las relaciones (salvo dos caricaturas), ni colectivos. No me creo, por ejemplo, que a lo largo de una semana laboral un conductor de autobús, en la ciudad norteamericana con más densidad de habitantes tras Nueva York, no viva alguna situación tensa con un pasajero. El tipo tiene anulada la personalidad, pero si a la escena de la avería - el único contratiempo - donde se preocupa de sus viajeros, sobre todo de los infantiles, como un pastor de sus ovejas - aunque, por culpa de su aversión a la modernidad debe asumir la humillación de llamar con el móvil de una niña - si a esa escena, digo, le sumamos el arrojo para arrebatarle la pistola al enamorado desesperado – no sabemos aún que es de juguete – se nos presenta el prototipo del héroe, una actualización, en versión currante, del poeta-caballero renacentista que, además, es un marido enamorado con remordimientos por tener pensamientos de infidelidad. El edificante relato de la vida de un santo laico con más paciencia que Job. Todo demasiado puro y bonito para ser verdad. O demasiado cruel con el pobre conductor-aspirante a poeta si es una caricatura (sobre esto hablaré luego).
Esa ausencia de conflictos impide a sus personajes crecer y cercena el desarrollo argumental. Sin embargo, si se hubiera quedado en un poema visual algo ñoño y con personajes planos, hubiera aceptado el juego del creador que, a propósito, parece diseñar un cuadro naif. Otros elementos la salvan de sobras. El segundo problema surge cuando incluye el humor. Corrijo, incluye la caricatura y la burla. El humor nos salva de la mediocridad, pero puede volverse como un boomerang y sumergirnos en ella. Todos los personajes son caricaturas más o menos crueles, salvo Paterson, que sólo lo es en parte. Con una peculiaridad: todos son de extracción humilde – en Paterson, ciudad, no deben existir poderosos o acomodados - y el sentido del humor consiste en burlarse no sólo de sus vicisitudes, sino también de su personalidad. Igual que en los cuentos baturros, si bien en estos el bruto del cachirulo, a veces, era astuto. Son seres simples, cuya edad mental parece no haber superado la adolescencia, conformes con su destino de rueda en el engranaje social y simples marionetas también en el juego estético. En resumen, aunque sea de una manera inconsciente, el director revela una mentalidad paternalista y conservadora. Admitamos que Jarmusch, más allá de utilizarlas, ama a sus criaturas, si se acepta compasión como sinónimo de amor, y que se burla de ellas como nos burlamos de un hijo, con cariño. Pero siempre lo hace desde una posición de superioridad intelectual. Y nunca escupe hacia (los de) arriba. Si Cernuda definió a Salinas y a Jorge Guillén como poetas burgueses, porque en su obra expresaban un concepto burgués de la vida, donde la imagen del poeta no trasciende al hombre, sino a la forma histórica y transitoria del hombre que es el burgués, Jarmusch, en esta película, sería un cineasta burgués. Su visión de las “capas populares” es la de un elitista acomodado, y el comportamiento de esas capas lo que un burgués espera y desea para mantener su status. La película destila un fino clasismo, un desprecio sutil hacia los de abajo, a los proles del universo orwelliano de “1984”. Por analogía, me vienen a la cabeza fenómenos como el de la gentrificación, o esa especie de despotismo ilustrado en versión 2.0 que, a veces, se cuela en algunos comentarios o actitudes de gente que presume de un ideario progresista. Habrá gente a quien todo esto le dará igual, y hasta se identificará con esa visión de Jarmusch, sea premeditada o inconsciente. A mí me produce incomodidad y malestar, como una etiqueta en una camisa que nos gusta vestir.
A pesar de ello, funciona como fresco social, igual que “Surcos”, de J.A. Nieves, siendo un trasunto del ideario falangista, funcionaba como retrato de posguerra. “Desde fuera”, retrata bien la monotonía e incluso frustraciones de los personajes. Si le hubiera añadido los conflictos inherentes a sus vidas, más las gotas de humor en un abanico ampliado de las escalas sociales podría haber resultado un Berlanga actualizado, o un Ken Loach lírico. Aunque seguro que ninguno de los dos se hallaba en su horizonte a la hora de plantear el film. Y, por supuesto, la verdadera poesía no se halla en los poemas que garabatea Paterson, sino en las imágenes – por algo es cine muy bien trabajado -, en guiños como los de los gemelos, en otras referencias culturales y en el debate sobre la creatividad y el origen de la belleza que propone. En resumen, con un poco menos de autismo y más sensibilidad hacia el material humano podría haber quedado una obra maestra. Así, una película que, pasado el tiempo y el deslumbramiento que ahora produce en quienes compartimos el, digamos, espíritu creativo de Paterson, envejecerá mal. Propongo volver a verla dentro de 10 o 20 años. Y ser sinceros, entonces, con la impresión que nos produzca.

viernes, 23 de diciembre de 2016

El tipo que escuchaba a John Lennon (Un cuento de pre-Navidad)

Cuando se acerca la Navidad siempre me acuerdo de John Lennon. No me refiero a las fiestas y su carrusel de nostalgias, con los anuncios de las burbujas Freixenet o el vuelve a casa, vuelve, sino a los días previos, los que, en 1980, transcurrieron entre la noche en que un loco le descerrajó varios tiros por la espalda al ex - beatle y las vacaciones con las que finalizó el primer trimestre en el instituto donde estudiaba segundo de BUP.
Indisoluble a este recuerdo de Lennon es el de Pedro, mi amigo y compañero de estudios, de largos paseos al mediodía hasta los pisos donde comíamos y de las incomodidades que supone estudiar en una localidad distinta a la tuya. Aquel curso, algunas tardes, la lotería de los horarios nos dejaba un hueco entre la última clase y la salida del autobús hacia nuestros respectivos pueblos. Como las tardes de diciembre, en Huesca, no invitan a permanecer en la intemperie buscábamos refugio en el Churruca, un local con billares, futbolines, alguna máquina recreativa y una gramola. Al hombre que encontrábamos en la puerta, vigilando, lo llamábamos también Churruca. No sé si era su verdadero apellido o lo asimilaron al del garito y con él se quedó. Tampoco si se trataba del dueño o de un empleado. Churruca era un hombre pequeño y delgado, con cierto parecido al actor Eduardo Gómez Manzano. Al igual que éste, con tres décadas de diferencia, poseía un rostro trabajado por la vida, o sea, el rostro de quien parece habérsela bebido en la barra de un bar. A diferencia del actor, andaba siempre con el ceño fruncido. 

Pedro y yo matábamos la espera echando partidos en el futbolín. A esa hora solía haber poca gente y no existían problemas de saturación. Al ser uno contra uno, nos movíamos con rapidez de punta a punta, abarcando como podíamos los cuatro mandos. Era una buena forma de entrar en calor. Los antros como el de Churruca arrastran mala fama por las películas de adolescentes norteamericanos con problemas; sin embargo, no recuerdo que en él sucediera nada raro. Nadie quiso vendernos ningún tipo de droga, ni se nos acercaron señores con gabardina ofreciendo dinero – para los caramelos ya estábamos demasiado talluditos. Desconozco si nos delataban nuestras pintas de chavales con pocos recursos, nuestros rostros de quinceañeros modosos o que Huesca tenía sus limitaciones hasta para la maldad. Unos años después, hacíamos bromas con un trío de punkies - esto va por lo de las limitaciones, no por lo de la maldad - que, con cara de pocos amigos, se paseaban por la zona de marcha. Afirmábamos que eran contratados por el Ayuntamiento para darle un aire de contemporaneidad a la pequeña capital de provincia. Con el tiempo incluí al Churruca en un relato titulado “Un puente sobre la espiral”, convirtiéndolo en lugar de captación por parte de unos cabezas rapadas neonazis. Darle un toque siniestro a lo que fue una realidad anodina es una forma de embellecer su recuerdo. Porque, repito, nada de eso vi entre aquellos futbolines y billares y, si lo hubo y mi miopía fue la causante de su idealización, el relato podrá considerarse la prueba – aunque sea de carambola - de que la verdadera historia se conoce a través de la literatura.

A quien sí vi fue al tipo que, a diario, echaba una moneda en la gramola para que sonase  Just like starting over, de Lennon. Su imagen en mi memoria es borrosa, como esos tickets impresos en papel térmico cuyos datos, con el tiempo, se van difuminando. Lo veíamos como a un mayor, es decir, aplicando el barómetro adolescente para las edades, con seguridad pasaba de los dieciocho y con probabilidad no alcanzase los treinta. En cualquier caso, juraría ahora, alguien para quien los Beatles sólo podía significar un recuerdo infantil o adolescente de quien escucha los discos del hermano mayor. 
En el catolicismo existe – o existía - la costumbre de La novena, una serie de nueve misas dedicadas al fallecido unas semanas después del óbito, cuyo significado aúna homenaje, recuerdo y no sé si una especie de ayuda para que alcance el reino de los cielos. Como si de una novena beatlemaníaca se tratase – por algo los cuatro de Liverpool eran más famosos que Jesucristo, según el finado John, y la disputa con los Rolling semejó, en su momento, un trasunto de las antiguas guerras de religiones - este individuo aparecía a media tarde en el Churruca y, sin mediar saludo, se encaminaba directamente a la gramola. No recuerdo si vino nueve días exactos, pero sí que siempre, al poco de caer la moneda y pulsar el botón correspondiente, sonaban las campanillas introductorias de la canción, aparecida como single dos meses atrás para celebrar el cuadragésimo cumpleaños de su creador y convertida en un homenaje póstumo en discotecas y emisoras. El tipo permanecía inmóvil hasta que la melodía terminaba, quizás rezando con Lennon los versos del tema (It'll be just like starting over - starting over, Será como empezar de nuevo, empezar de nuevo) igual que los fieles acompañan al párroco en sus letanías, mientras nosotros, unos metros más allá, movíamos los mandos del futbolín al ritmo de la música y escuchábamos, sin comprenderlas todavía, las exhortaciones de John: Let's take our chance and fly away somewhere alone. Vamos a arriesgarnos y a volar a algún lugar solos.  

viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen

Al regresar a su país, un jugador americano del Peñas (el equipo de baloncesto de Huesca) declaró que había jugado en una ciudad situada en el fin del mundo. Yo vi cantar a Leonard Cohen 80 kilómetros más allá del fin del mundo, en el patio de una antigua fábrica de Binéfar. Probablemente fue uno de los enclaves más surrealistas en los que el canadiense dio un recital. Era el 11 de junio de 1988, durante la gira europea de I’m your man, el disco destinado a ser su canto de cisne – un cantautor más arrastrado por el ruido o la banalidad – y que lo convirtió en Ave Fénix. Venía de París, Londres, Dublín y Lisboa, y prosiguió en Bilbao. Y en medio, la algodonera de Binéfar. Toma ya. Para ser sinceros, ese resurgimiento vino precedido, al menos en España, del éxito alcanzado, un par de años antes, por la adaptación del poema Pequeño vals vienés, de Lorca, incluido en un disco coral conmemorativo del medio siglo de su asesinato. El disco se titulaba Poetas en Nueva York y la canción, Take this waltz, abría la cara B nuevo disco – hablamos todavía de vinilos y cassetes. Con la perspectiva del tiempo, quizás deberíamos recordar que, en plena ola de movidas, new romantics y coletazos del punk, en España también sucedió el resurgir de gentes como Aute, Serrat o Sabina. Y en el mundo, por poner un ejemplo, la irrupción de Tracy Chapman. Había público para todo y mucho de ese público no era tan sectario como se afirmaba. Algunos bebíamos con Mi agüita amarilla y besábamos con Suzanne.  

Lo cierto es que al concierto asistió menos gente de lo que Cohen merecía. En el artículo de Somos Litera dan algunas explicaciones referidas a la política local. No sé si lo justifican. Por mi parte, recuerdo que fui solo – pocos de mis amigos hubieran pagado por ver al canadiense, pero ninguno si, además, debía tragarse hora y pico de coche por carreteras nacionales- y que hallé a un único conocido, Javier Inglada, un paisano de Sangarrén con quien años atrás también había coincidido en un concierto de Pablo Milanés, en Huesca (que también merecerá una entrada, otro día). Seguro que, ahora, saludaría a más gente. Carlos Castán también asistió, incluso es posible que fuera en el grupo de Javier, pero no nos conocíamos todavía. Bien mirado, ese concierto y ese entorno eran el espejo de cómo me sentía entonces. Unos meses antes había finalizado una relación de casi dos años y faltaba un tiempo para que iniciase otra. Andaba medio descolgado de un mundo pero sin asideros firmes, todavía, en otro. Un poco como Cohen, intentaba reconstruirme en un universo sin redes sociales ni móviles, y el azar me llevaba a 80 kilómetros más allá del fin del mundo. Un poco como Cohen, arrinconaba los malos momentos y la extrañeza del entorno para ofrecer una imagen digna, como si estuviéramos en una reunión de amigos o un concierto en el Carnegie Hall. Guardo imágenes sueltas, fogonazos que coinciden con las fotografías del reportaje que he descubierto hoy, al hilo de la noticia del óbito. La presencia de Cohen, combinando cercanía y solemnidad, las de las dos hermosas muchachas que le hacían los coros y, por encima de todo, el gozo de escucharlo en una noche de primavera, al aire libre – o eso quedó fijado en mi memoria, tal vez errada – y la certeza de haber asistido a uno de esos momentos irrepetibles.
Hasta siempre, amigo. Gracias por tanta belleza y por el lujo de que hayas acompañado y enriquecido mi vida, con la certeza de que lo seguirás haciendo hasta el final. Hago mías las palabras de despedida que le dedicaste hace unos meses a Marianne: “Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero desearte un buen viaje.”


  

lunes, 12 de septiembre de 2016

Un grifo pervive en la pared de lo que, hace años, fue terraza. Ya no existen el lavadero donde vertía el agua, ni el suelo sobre el que se apoyaba el lavadero. La cañería que lo abastecía está seca. Si fuera más grande lo llamarían arqueología industrial, pero los grandes nombres nunca se crearon para las cosas pequeñas. A su lado, cercada por toneladas de cemento, una higuera crece solitaria. Aislada en un ambiente hostil, no ceja en su empeño de desarrollarse. La una quiere vivir y la vida del otro ya no tiene sentido aunque, mosca cojonera, nos recuerda que hubo una época en que la ordenación de ese espacio fue distinta, y distintas las personas que lo habitaron. Ambos están condenados, la una, a ser arrancada cualquier día; el otro, al escarnio de que la intemperie lo oxide hasta volverlo irreconocible. Y sin embargo allí siguen, una extraña pareja generada por el azar que me ha despertado simpatía. La simpatía por quienes malviven en un mundo plano y rugoso y, a pesar de ello, sacan la cabeza para generar belleza, cada uno a su modo, y romper la grisura monocroma.



lunes, 8 de agosto de 2016

PAUL CELAN Y UN ANCIANO DE HUESCA.


TODO EN UNO

Trece de febrero. En la boca del corazón
despierto schibboleth. Contigo,
Peuple
de Paris.
No pasarán.
Corderillo a la izquierda: él, Abadías,
el anciano de Huesca, vino con los perros
por el campo, en el exilio
se irguió blanca una nube
de nobleza humana, él nos
dijo en la mano la palabra que necesitábamos, era
español de pastores, allí,
en la gélida luz del crucero “Aurora”:
la mano fraterna, haciendo señas con la
venda retirada de los ojos grandes
como la palabra — Petrópolis, la
ciudad migratoria de los inolvidados,
te era toscana también, de corazón.
¡Paz a las cabañas!


En 1962, Paul Celan y su mujer, Gisèle de Lestrange, compraron una casa de campo en Moisville, un pequeño pueblo al sureste de Normandía, de apenas 150 habitantes. Allí conocieron a Abadías, “el anciano de Huesca” que le enseñó su “español de pastores” y al que inmortalizó en este poema, incluido en el libro “La rosa de nadie”. En las navidades de ese mismo año, Celan sufrió una fuerte crisis depresiva e inició su cuesta abajo definitiva. Las causas venían de antaño y eran varias, desde el trauma del holocausto a una acusación de plagio, e intuyo que ya afloraban cuando vieron venir a Abadías, “corderillo a la izquierda (…) con los perros por el campo”.
Daniel Abadías era un republicano exiliado que trabajaba como pastor en Moisville. En el poema simboliza la “nobleza humana” que “nos dijo en la mano la palabra que necesitábamos”. Probablemente, Celan funde su figura con la del profeta Abdías, que predijo el fin del reino de Edom. Con Edom, a su vez, intuyo una identificación del propio autor, en un autorretrato desolado y desolador, fruto de la depresión: abandonado por aliados y amigos, sin la sabiduría que cree poseer, Edom/Celan será arrasado por los ladrones/enemigos. Abadías también representa, quizás, un  ideal de coherencia ideológica y paz espiritual, en contraste con la marejada interior del poeta, para la que sería un bálsamo.
En el poema se mezcla lo personal y lo colectivo, la base ideológica antifascista con fogonazos íntimos, imágenes herméticas que crean una atmósfera de contrastes, un anhelo de paz en un universo violento, sugiriendo más que narrando. Recordemos que, en 1962, la guerra fría se halla en su punto álgido, a punto de convertirse en conflagración mundial con la crisis de los misiles. La hecatombe atómica parece a la vuelta de la esquina. Aún está fresco el cemento del muro de Berlín y, su antítesis, el impacto de la revolución cubana. Los jóvenes del mundo occidental bullen en  movimientos que desembocarán en actitudes públicas contestatarias, más o menos revolucionarias. Es, igualmente, el fin de la mortífera guerra de Argelia, incrustada en el proceso descolonizador, con el impacto que tuvo en Francia, país de adopción de Celan. Una sociedad distinta está germinando, unos modos distintos de relacionarse y de manifestarlos a través de los actos creativos. Un tiempo del que, parafraseando a Vasili Grossman, Celan quizás siente que ya no será hijo, sino hijastro. Las referencias culturales del poema, aunque emotivas, invocan al pasado. Se menciona al “Aurora”, el crucero cuyo cañonazo fue la señal para el asalto al Palacio de Invierno, origen de la Revolución de Octubre, en Rusia. “Schibboleth”, palabra hebrea, con el significado de contraseña que identifica frente al enemigo, unido al “No pasarán” de nuestra Guerra Civil. Intuyo en Petrópolis, “la ciudad migratoria de los inolvidados”,  una referencia a Stefan Zweig y su esposa, que huyendo del nazismo terminaron suicidándose, en 1942, en esa ciudad brasileña, convencidos de la debacle de la cultura alemana y del fin de la civilización. 1942 fue, también, el año en que los nazis detuvieron a los padres de Celan. Su asesinato, poco después, marcó definitivamente al poeta, sobre todo la pérdida de su madre, con la que estaba muy unido.
Allí, en ese momento, apareció Abadías con sus perros y su cordero, “se irguió blanca una nube”. Desconozco si el contacto fue casual o lo mantuvieron en el tiempo. En todo caso, la “paz a las cabañas” no alcanzó a la humanidad, ni mucho menos a Celan, que tras varios intentos consiguió suicidarse en 1970, arrojándose al Sena desde el puente Mirabeau, en París.   




martes, 19 de julio de 2016

EL DÍA DESPUÉS EXPLICO ALGUNAS COSAS:
Estas líneas vienen a cuenta de las opiniones, respetables, de quienes consideran aburrido recordar que un dieciocho de julio de hace ochenta años hubo un golpe de estado en España que desencadenó una guerra civil. Desconozco si, en consonancia, también les aburre rememorar el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima o el Holocausto de los judíos, más o menos contemporáneos, si bien nunca he leído sus quejas sobre ello en las redes sociales. Sí que he leído sus bostezos –metafóricos- cuando se anuncia una película o un libro ambientados en nuestra guerra, pero también sus aplausos - o su silencio indiferente- cuando proyectan “El hundimiento” o “La lista de Schindler”, o cuando “El niño del pijama de rayas” se convierte en best-seller. Tampoco me consta que en el resto del mundo, con especial incidencia en los países afectados, se aburran de rememorarlas. A lo mejor porque esas fechas o esos acontecimientos, pertenecen a una época que aún perdura, que casi un siglo después sigue siendo la nuestra. Mal que nos pese, algo semejante sucede con la Guerra Civil. Sin ella, sin lo que hubo antes y sin lo que vino después no se puede comprender, del todo, nuestro presente, de igual modo que, tras una ruptura, las secuelas de la convivencia con la antigua pareja afectan durante un tiempo más o menos largo. Lo que cuento a continuación son historias personales, de mi familia.
Mi tío Antonio, el hermano mayor de mi padre, murió en un combate de la guerra. Sigue enterrado (o eso prefiero pensar) en alguna fosa cercana al lugar donde lo abatieron. Su madre (mi abuela) nunca pudo darle sepultura en el cementerio donde ya reposaban su marido y los cinco hijos que había visto morir de diversas enfermedades. Durante cuatro décadas mantuvo en su habitación una fotografía suya, gigante, donde aparecía sonriendo. Una fotografía de un tamaño mayor que la de su matrimonio. Nunca vi imágenes del resto de vástagos. Tal vez no existieran, o tal vez el dolor que le ocasionó la desaparición de este hijo eclipsó a los demás. Tampoco recuerdo que mencionase a ninguno de los cinco en mi presencia, como sí sucedió con mi abuelo y con Antonio. Al primero, con anécdotas agradables. Al segundo, con tristeza. Evocando la pena de mi abuela por un hijo caído en una refriega, arma en mano, no quiero ni pensar en lo que han debido sufrir, y todavía sufren, los familiares de los miles de asesinados a sangre fría que siguen tirados, como perros, en hoyos improvisados en cunetas.
Mi tío Antonio era el único varón adulto (a los diecisiete años, entonces, ya se era adulto) destinado, ante la ausencia del progenitor, a continuar trabajando la tierra y mantener al resto de la familia. Mi padre tenía nueve años cuando su hermano murió. Vivía con mi abuela y dos hermanas, las supervivientes a contiendas y enfermedades: María, un poco mayor que Antonio, y Pilar, la benjamina. Para sobrevivir, María marchó a servir a Barcelona, y mi padre tuvo que engancharse a trabajar en lo que pudo. A los doce años pastoreaba unas vacas que le multiplicaban en peso y tamaño. No pudo volver a la escuela. Sufrió, durante la infancia y la juventud, los rigores de una mala alimentación y unas desfavorables condiciones de subsistencia. España, un país ya de por sí atrasado, hasta la década de los cincuenta no recuperó el nivel económico anterior a la contienda. Existen estudios que apoyan o relativizan esa tesis, pero muchas veces oí mencionar, en mi entorno, las penurias de la posguerra, nunca las de la preguerra. Si existieron, la crudeza de aquellas hizo que se olvidasen. También decían que en el pueblo se pasó necesidad, no hambre como en otros sitios. Quizás algo de eso influyese en que, antes de cumplir los cincuenta, un cáncer se lo llevara por delante.
Mi abuelo materno tuvo la mala suerte de ser elegido alcalde por sus paisanos en febrero de 1936. Nunca fue un hombre violento, por obra o mandato. A partir de julio, un comité anarquista tomó el mando del pueblo. En marzo de 1938 los franquistas ocuparon Sangarrén y poco después lo apresaron, por el delito de haber sido alcalde durante la República. Fue condenado a una dura pena y recluido en la prisión de Burgos. Durante el lustro que allí permaneció sólo pudo recibir la visita de una de sus hijas (mi madre), gracias a un viaje algo rocambolesco. Aquel día les montaron una fiesta a los presos y los inmortalizaron, con los visitantes, en la foto que cuelgo abajo. Mi madre es una de las niñas sentadas en el suelo, en primera fila. Mi abuelo no quiso aparecer. Durante su encarcelamiento, mi tío Mariano, con diez años, el mayor de los cinco hermanos que entonces formaban la familia, también tuvo que dejar la escuela, para siempre, y trabajar en el campo, junto a su tío. Mi madre sí que permaneció en ella unos años. Recibió una educación, por llamarla de algún modo, que más allá de aprender a leer y las cuatro reglas la preparaban para ser una sierva en el hogar. El nuevo régimen se ensañó, en sus purgas, con los maestros que intentaban regenerar la mentalidad del país comenzando desde abajo, desde la educación. Mi madre, mi padre y mi tío pertenecen a una generación a la que le cortaron las alas. Una generación cuya vida, en otras circunstancias, sin el golpe de estado, la guerra civil y el franquismo, seguramente hubiera sido distinta, y mejor. Mejor en lo material, al menos durante su primera mitad, y mejor en lo intelectual. Una generación que, en parte, sigue viva. Como sigue viva la de los nacidos en la inmediata posguerra, que no sufrieron el conflicto pero sí, consciente o inconscientemente, sus consecuencias.
He nombrado un par de ejemplos personales. No entro en aquellos que huyeron para salvar la piel y, si algún día intentaron volver, vieron cómo sus bienes habían pasado a engrosar las de sus vecinos vencedores. Bienes que ellos, o sus descendientes, nunca han podido recuperar. Lo mismo sucedió con los de algunos que no pudieron escapar a tiempo. Ni entro en las historias de humillaciones, rencores, degradación o cortapisas burocráticas que muchos padecieron a causa de sus ideas o de que el azar, durante unos meses, los colocó en la trinchera equivocada.
Tampoco hago referencia a las grandes cuestiones, sobre la que ya existe abundante bibliografía.
Y no se trata de revanchismo, ni de rencor. El rencor, paradójicamente, parece habitar en algunos de los que no quieren recordarla. El rencor - o, quizás, algo parecido al remordimiento - es lo único que puede mover a una posición de inhumanidad tan atroz como la de impedir que las familias recuperen a sus muertos de las cunetas para darles, en su mayoría, cristiana sepultura. En los casos de mi familia, por ejemplo, el paso del tiempo y el carácter de sus protagonistas llevó a que mi abuelo desarrollara una relación estupenda con un antiguo y reconocido afín al régimen, Luis Gómez Laguna, el que fue alcalde de Zaragoza y da nombre a una de sus principales avenidas. Gómez Laguna, como heredero de la casa más potente de Sangarrén, solía venir los fines de semana. Muchos domingos, antes de comer, los dos abuelos charlaban durante un buen rato. O la familia de mi padre tuvo relaciones tan estrechas con alguna de otra ideología que a sus miembros, en mi infancia, los llamaba tío o tía. Sé más historias curiosas que me guardo para otro post o para algún relato.
Nadie quiere cortar el pescuezo de nadie. Los que en su momento tenían sobrados motivos para desearlo hace tiempo que desistieron, aunque fuese por impotencia. Los hijos y nietos de los rivales convivimos sin tener presente aquello, incluso son (somos) amigos. Algunos, si se repitiera hoy el mismo hecho, intercambiarían, por interés o convicción, los bandos de sus abuelos.
Pero una cosa es vivir en el pasado y machacar con él como si fuera algo candente, lo que ya no sucede, y otra olvidarlo con gesto de esnob (o como se diga ahora). Quien desconoce su historia está condenado a repetirla, dice el célebre axioma tantas veces mencionado (y cuya repetición, al parecer, nunca aburre). El día que la Guerra Civil incida en nuestro presente de un modo tan liviano como, por ejemplo, las guerras carlistas nadie recordará su inicio, más allá de los eruditos. Cuestión de tiempo. Yo, de vez en cuando, me acuerdo con pesar de la fotografía y de los huesos de un tío al que sólo conocí por su retrato y por los testimonios de quienes lo quisieron. Mis hijos no conocieron la fotografía de su tío abuelo, y la de su abuela en Burgos supongo que les resulta un objeto de museo.

martes, 14 de junio de 2016



Ayer, hace un siglo exacto, Fernando Pessoa debió celebrar o maldecir su vigésimo octavo cumpleaños. El Pessoa que más me interesa, y el primero que descubrí, es el del Libro del desasosiego, atribuido por el autor a su heterónimo Bernardo Soares, según su creador un «semiheterónimo porque no siendo su personalidad la mía, es no diferente de la mía, sino una mutilación de ella. Soy yo, menos el raciocinio y la afectividad». Soares, un oficinista aburrido entre los papeles, ve la vida pasar desde su puesto y reflexiona sobre ella. Por razones profesionales, enseguida lo percibí como alguien próximo.
Tardé un par de décadas en conocer Lisboa y me enamoró desde el primer paseo. Hay ciudades en las que siempre te sientes forastero, otras que te acogen como un amigo o pariente recibido con alegría y otras en las que te reconoces como el hijo pródigo que regresa y, en lugar de ir descubriendo sus rincones, recreas los lugares en los que fuiste tú antes de la partida. En Lisboa me sentí esto último. Por supuesto, tomé un café en A Brasileira y me fotografié con su estatua, incluso la mencioné en un poema que sólo podía titularse Fado. También visité su tumba, una discreta urna semi escondida en el claustro del Monasterio de Los Jerónimos, donde trasladaron sus restos al conmemorarse el cincuentenario de su muerte. Contrasta con la magnificencia de la de Alexandre Herculano, historiador y primer alcalde de Belem, en la sala capitular. Una magnífica metáfora sobre el diferente reconocimiento oficial concedido a un político local frente a un literato universal. También me alargué hasta su casa, convertida en una especie de museo/casa de cultura. Me sorprendió que, en el recibidor, a modo de embaldosado, lo primero que el visitante halla es la carta astral de su antiguo inquilino, muy aficionado a la astrología. Se cuenta que la poeta brasileña Cecilia Meireles, gran admiradora suya, durante una visita a Portugal para dar conferencias en las Universidades de Coimbra y Lisboa, removió Roma con Santiago hasta conseguir una cita con Pessoa. Quedaron a las 12 del mediodía. A las 2, harta de esperar, se marchó. Cuando llegó a su hotel encontró un ejemplar dedicado de Mensagem, junto a una nota, donde su autor justificaba el plantón aduciendo que había consultado el horóscopo y éste le aseguraba que “no se encontrarían”. Lo que, efectivamente sucedió.
Al salir de la casa de Pessoa cogí un tranvía antiguo, de esos que circulan por Lisboa, a los que perdonas la incomodidad por la belleza de sentirte integrado en ese paisaje con el punto justo de decadencia, como una vez lo definió una amiga. El tranvía llegaba hasta la Baixa y, de repente, sentí el relámpago en la mente. Estaba realizando el mismo trayecto que Soares/Pessoa recorría hacia su trabajo, en la Rúa dos Douradores. De acuerdo, Bernardo Soares es un heterónimo, un personaje ficticio. Y no tenía la certeza de que Pessoa, realmente, trabajase en una oficina de esa calle. Pero si la literatura siempre tiene un punto de evocación y de magia, te hace vivir otras vidas y la tuya misma de otras maneras, ¿por qué no imaginar que ocupaba el sitio exacto del escritor, ochenta años atrás, en este mismo tranvía desvencijado? ¿Que mi cuerpo ocupaba el espacio del fantasma de Pessoa, éramos dos en uno, y sus ojos veían a través de los míos los mismos edificios, mientras su mente iba cavilando las ideas que luego Soares transcribiría, sobre su escritorio, en frases como las que siguen? :
Le he pedido tan poco a la vida, y ese mismo poco la vida me lo ha negado. Un haz de parte del sol, un campo […], un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el conocer que existo, y no exigir nada de los demás ni exigir ellos nada de mí. Esto mismo me ha sido negado, como quien niega la sombra no por falta de buenos sentimientos, sino para no tener que desabrocharse la chaqueta […]
Escribo, triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre he estado, solo como siempre estaré. Y pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la substancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sumisas como la mía, en el destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin resquicios. En estos momentos, mi corazón late más alto debido a mi conciencia de él. Vivo más porque vivo mayor. Siento en mi persona una fuerza religiosa, una especie de oración, una semejanza de clamor. Pero la reacción contra mí me baja de la inteligencia… Me veo en el cuarto piso alto de la Calle de los Doradores, me siento con sueño; miro, sobre el papel medio escrito, la vida vana sin belleza y el cigarro barato […] sobre el secante viejo. ¡Aquí yo, en este cuarto piso, interpelando a la vida! haciendo prosa […]”

A la altura del Chiado me desgajé del fantasma de Pessoa; me despedí, deseándole buena jornada, y bajé del tranvía.